- José Simián, Nueva York
Lugar: Fillmore East, Nueva York
Fecha: 10 de noviembre de 2008
Un par de cosas diferenciaban a Los Enanitos Verdes aparecidos en
escenario del Fillmore East de Nueva York de la banda que saltó a
la fama hace más de 20 años, comenzando por el aspecto de su líder,
Marciano Cantero. Atrás quedó su estampa delgada y su negro pelo
corto, que junto a sus anteojos lo hacían el roquero más parecido
del planeta a Milhaus de Los Simpson. El Cantero modelo '08
ostenta, en cambio, una figura un poco más gruesa, el pelo
entrecano desgreñado, y bigote y barba que lo convierten en una
especia de Buda del rock andino.
Y también está su audiencia: quienes llenan el local con acentos de
toda Sudamérica no son quienes en los ochenta suspiraron con "Tus
viejas cartas" o saltaron con "Por el resto". Esta fanaticada de
Cantero y compañía difícilmente había nacido por entonces, y parece
haberlos descubierto cuando esa década comenzaba a adquirir, para
quienes no la vivieron, tonos de misterio.
Pero en casi todo lo demás, parece que Los Enanitos Verdes jamás
hubieran evolucionado.
Y esto es lo mejor que puede decirse de lo que los argentinos
hicieron en hora y media de show en Nueva York: que, a punta de una
ética obrera, de falta de pretensiones excesivas, son capaces de
entretener a un público incondicional con canciones extraídas de su
último disco, "Pescado original" (2006), o de la lista de éxitos
que compone "En vivo" (2004). Ya fuera con las medianamente
recientes "Mariposas" o "Amores lejanos", o las más distantes
"Lamento boliviano" o "La muralla verde", el público neoyorquino
saltó y cantó a voz en cuello, en incluso practicó rituales como el
pogo o arrojar a sus amigos en dirección al escenario.
Pero, sobra decirlo, en la música en vivo las buenas intenciones no
bastan. Cada vez que la banda intentaba hacer algo más que servir
las modestas necesidades de las melodías de Cantero, y
especialmente cuando intentaban subir la intensidad de su rock, la
banda parecía más el grupo de unos amigos que tocan en sus ratos de
ocio que un conjunto que ha editado 14 discos en casi tres décadas
y algunos se apuran en calificar de "leyenda". En 18 canciones, el
baterista Daniel Piccolo rara vez hizo algo que no fuera marcar el
ritmo de 4/4 como un aprendiz; Cantero careció de toda sutileza o
ingenio al mando de un bajo sobreamplificado; y el guitarrista
Felipe Staiti adornó la mayoría de las canciones con ruidosos solos
repletos de lugares comunes, más propios de una banda de hair
metal.
Lo anterior podría parecer demasiado pedirle a una banda que
pretende simplemente entretener con canciones amables.
Precisamente por esto último, cuesta entender por qué Los Enanitos
Verdes deciden, por ejemplo, destrozar "Mil horas" de Andrés
Calamaro ("Hay canciones que están en el firmamento del rock",
aseguró Cantero antes de hacerlo) en una versión desprovista de su
funk bonaerense; o su propio hit "La muralla verde", que
extendieron en un largo interludio instrumental cuyo ritmo
aceleraban y frenaban una y otra vez, como si la tortura nunca
fuera a terminar. Cuando, en ese eterno interludio, Staiti decidió
sacar del baúl de los recuerdos uno de los recursos más trillados
del rock, el efecto vocoder hecho famoso por Peter Frampton, el
espectáculo se asomaba peligrosamente a la parodia.
Los Enanitos Verdes no tienen la culpa de no ser aventureros
musicales o virtuosos de sus instrumentos. Lo triste de verlos
tantos años después de haber escuchado sus discos por primera vez
es que, a pesar de las canas, cuando hacen rock, sean mucho más
inofensivos que entonces.
Los Enanitos Verdes: Modelo '08
17 de Noviembre de 2008
- José Simián, Nueva York
Lugar: Fillmore East, Nueva York
Fecha: 10 de noviembre de 2008
Un par de cosas diferenciaban a Los Enanitos Verdes aparecidos en escenario del Fillmore East de Nueva York de la banda que saltó a la fama hace más de 20 años, comenzando por el aspecto de su líder, Marciano Cantero. Atrás quedó su estampa delgada y su negro pelo corto, que junto a sus anteojos lo hacían el roquero más parecido del planeta a Milhaus de Los Simpson. El Cantero modelo '08 ostenta, en cambio, una figura un poco más gruesa, el pelo entrecano desgreñado, y bigote y barba que lo convierten en una especia de Buda del rock andino.
Y también está su audiencia: quienes llenan el local con acentos de toda Sudamérica no son quienes en los ochenta suspiraron con "Tus viejas cartas" o saltaron con "Por el resto". Esta fanaticada de Cantero y compañía difícilmente había nacido por entonces, y parece haberlos descubierto cuando esa década comenzaba a adquirir, para quienes no la vivieron, tonos de misterio.
Pero en casi todo lo demás, parece que Los Enanitos Verdes jamás hubieran evolucionado.
Y esto es lo mejor que puede decirse de lo que los argentinos hicieron en hora y media de show en Nueva York: que, a punta de una ética obrera, de falta de pretensiones excesivas, son capaces de entretener a un público incondicional con canciones extraídas de su último disco, "Pescado original" (2006), o de la lista de éxitos que compone "En vivo" (2004). Ya fuera con las medianamente recientes "Mariposas" o "Amores lejanos", o las más distantes "Lamento boliviano" o "La muralla verde", el público neoyorquino saltó y cantó a voz en cuello, en incluso practicó rituales como el pogo o arrojar a sus amigos en dirección al escenario.
Pero, sobra decirlo, en la música en vivo las buenas intenciones no bastan. Cada vez que la banda intentaba hacer algo más que servir las modestas necesidades de las melodías de Cantero, y especialmente cuando intentaban subir la intensidad de su rock, la banda parecía más el grupo de unos amigos que tocan en sus ratos de ocio que un conjunto que ha editado 14 discos en casi tres décadas y algunos se apuran en calificar de "leyenda". En 18 canciones, el baterista Daniel Piccolo rara vez hizo algo que no fuera marcar el ritmo de 4/4 como un aprendiz; Cantero careció de toda sutileza o ingenio al mando de un bajo sobreamplificado; y el guitarrista Felipe Staiti adornó la mayoría de las canciones con ruidosos solos repletos de lugares comunes, más propios de una banda de hair metal.
Lo anterior podría parecer demasiado pedirle a una banda que pretende simplemente entretener con canciones amables. Precisamente por esto último, cuesta entender por qué Los Enanitos Verdes deciden, por ejemplo, destrozar "Mil horas" de Andrés Calamaro ("Hay canciones que están en el firmamento del rock", aseguró Cantero antes de hacerlo) en una versión desprovista de su funk bonaerense; o su propio hit "La muralla verde", que extendieron en un largo interludio instrumental cuyo ritmo aceleraban y frenaban una y otra vez, como si la tortura nunca fuera a terminar. Cuando, en ese eterno interludio, Staiti decidió sacar del baúl de los recuerdos uno de los recursos más trillados del rock, el efecto vocoder hecho famoso por Peter Frampton, el espectáculo se asomaba peligrosamente a la parodia.
Los Enanitos Verdes no tienen la culpa de no ser aventureros musicales o virtuosos de sus instrumentos. Lo triste de verlos tantos años después de haber escuchado sus discos por primera vez es que, a pesar de las canas, cuando hacen rock, sean mucho más inofensivos que entonces.